Mostrando entradas con la etiqueta Cambio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cambio. Mostrar todas las entradas

lunes, 31 de agosto de 2015

El cambio climático va en serio, y muerde ¡Mejor no tocarle las orejas!


A menudo, parece que lo que no se ve no existe. Pero ya lo decía el principito, lo esencial es invisible a los ojos. En este caso, sin embargo, no podemos ponernos sentimentales. No se trata de andar mirando hacia adentro, sino más bien de tomar medidas urgentes para evitar el desastre que se nos viene encima. El cambio climático no se anda con chiquitas, y estamos acercándonos demasiado a la línea roja.

Los científicos nos advierten en vano. Aunque el negacionismo ha perdido fuelle, su llamada de socorro sigue sin obtener respuesta. Mientras, el cambio climático avanza como un tsunami que se nos va echando encima a cámara lenta, sin prisa pero sin pausa…

¿Pero, acaso hay un tiempo límite? La cuenta atrás se acerca a su fin. Se esperan consecuencias irreversibles si el aumento de temperatura supera los dos gratos antes de mediados de siglo, y para evitarlo habríamos de reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, especialmente el CO2, entre un 40 y un 70 por ciento.

De no actuar a tiempo, y en vistas del objetivo así será, el avance disparará los eventos extremos, el deshielo y un rosario de desgracias de los que no se salvará nadie. Como un ruleta rusa, sufrir eventos extremos será cuestión de (mala) suerte, pero también es cierto que éstos serán más frecuentes y virulentos, y que se ensañarán con los más débiles. De hecho, ya lo está haciendo.



Desde 1880, la temperatura ha aumentado 1,4 grados de media y, teniendo en cuenta la inoperancia política y de organismos internacionales sumada a la falta de conciencia ciudadana, solo por la dieta occidental, rica en carne, para 2050 la temperatura podría dispararse 4 grados, según un reciente estudio del instituto londinense Chatham House. Y si ocurriese, los efectos serían catastróficos, tal y como puede verse en el vídeo.
Un cambio climático que no perdona

¿Podemos hablar de un fin del mundo inminente a consecuencia del cambio climático? Los científicos no dejan de hacerlo, y el culpable es el ser humano. Sus tres jinetes del apocalipsis: la superpoblación, la explotación de recursos y la contaminación.

Si los negacionistas son un lastre para actuar, la indiferencia de la gran mayoría todavía lo es más. Entre tanta pasividad, la ciencia sigue elevando la voz, aconsejando no jugar con el cambio climático. No ponerlo a prueba, pues luego podría ser ya demasiado tarde. Y es que, sin ser rencoroso, ni perdona ni olvida.

Su aviso es machacón. Predicar en el desierto exige ser inasequibles al desaliento, pero la ciencia es muy tozuda, la amenaza acecha, y ellos siguen errer que erre, insistiendo en la importancia de reaccionar con urgencia. Científicos de la NASA que ya advirtieron del colapso de la civilización acaban de anunciar que existen evidencias de que los hielos “están despertando”.



Aunque todavía no se atreven a a firmar que estamos en una nueva era de rápida pérdida de hielo, concluyen que el aumento del nivel del mar consecuencia del calentamiento global es inevitable y esperan que en los próximos 100 ó 200 años el nivel del mar aumentará al menos un metro. Para hacernos una idea, el agua se cobraría 100 metros de costa, tragándose acantilados, diques y otras barreras naturales.

Estimaciones anteriores del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de la ONU (IPCC) pronosticaron un “probable aumento” de un metro para finales de este siglo, cuando desde 1992 la subida ha sido de unnos 7,6 centímetros, si bien algunas zonas han alcanzado los 23 centímetros. Y, de producirse esa rápida pérdida de hielo, en un siglo el nivel del mar podría aumentar hasta tres metros, un aumento dramático de consecuencias catastróficas a las que habría que añadir transformaciones de distinta índole provocadas por el cambio climático.
Un hilito de esperanza

¿Hay motivos para la esperanza? Es lo último que se pierde, por lo tanto, las hay. Si queremos ser optimistas, un acto de volición que es más bien un acto de fe, algún que otro clavo ardiendo encontramos, como la próxima cumbre del clima que se celebrará a finales de año en París (COP21).

Tras la gran decepción que trajo la COP20, el mismo fiasco que ya ocurrió ya las anteriores citas, la reunión parisina se presenta como una gran incógnita. Si bien “los grandes temas se han postergado: las reglas para el próximo año y cómo lograr acción y ambición climática”, tal y como denuncia el responsable de cambio climático de Care International, Sven Harmeling, París sigue siendo un interrogante con respecto al tema crucial: lograr un acuerdo vinculante global y con una financiación clara.

La actitud y rol estadounidense en la COP21 se espera distinta. El anuncio de su histórico plan contra el cambio climático las vísperas de la Cumbre se han interpretado como una declaración de intenciones. Como gran potencia mundial, demostrar un mayor compromiso para alcanzar el acuerdo podría ser decisivo de cara a un futuro acuerdo.


Durante la reunión gala todas las miradas estarán puestas en Estados Unidos y, en especial en el papel que decida jugar su presidente, Barack Obama, impulsor del plan, un ambicioso programa de reducción de gases de efecto invernadero que aspira a hacer una gran diferencia. Igualmente, será crucial el rol que demuestren otras superpotencias, grandes contaminadores, de cuya actitud depende el futuro del planeta.

Aunque en París no se consiga un acuerdo capaz de reducir de forma efectiva los gases de efecto invernadero, un cambio de discurso apoyado con un compromiso real podría ser todo un hito. El tiempo apremia, es cierto, y por mucho que crece el uso de las energías renovables no por ello se reduce la combustión de carbón.

Por ahora, tenemos buenas promesas y nada concreto, con lo que el inclemente cambio climático seguirá avanzando. El problema sigue siendo el mismo de siempre, la ceguera humana, para la que lo importante es completamente invisible. Y, aunque la rosa es lo importante (en esto también estamos con el principito) esta vez no hay que elegir entre la rosa o el dinero. Es simple cuestión de supervivencia y, al menos por ahora, encontrar la solución solo depende de nosotros.

Jugando, jugando, hemos despertado a la fiera. Más vale no seguir molestándola. Eso sí, después de tocarle las orejas, lo suyo es salir corriendo. Pero va a ser complicado, más que nada porque no tenemos dónde ir. O quizá sí, quizá encontremos nuevos mundos que conquistar (léase explotar) y entonces, por fin, el planeta podrá librarse de nosotros.

Ana Isan

domingo, 1 de junio de 2014

El Efecto Invernadero

En la ausencia de una atmósfera, la temperatura superficial sería aproximadamente -18 °C. Esta es conocida como la temperatura efectiva de radiación terrestre. De hecho la temperatura superficial terrestre, es de aproximadamente 15°C.

La razón de esta discrepancia de temperatura, es que la atmósfera es casi transparente a la radiación de onda corta, pero absorbe la mayor parte de la radiación de onda larga emitida por la superficie terrestre.

El Efecto Invernadero
Varios componentes atmosféricos, tales como el vapor de agua, el dióxido de carbono, tienen frecuencias moleculares vibratorias en el rango espectral de la radiación emitida por la Tierra. Estos gases de efecto invernadero absorben y reemiten la radiación en onda larga, devolviéndola a la superficie terrestre, causando el aumento de temperatura, fenómeno denominado Efecto Invernadero.

El vidrio de un invernadero similar a la atmósfera es transparente a la luz solar y opaca a la radiación terrestre, pero confina el aire a su interior, evitando que se pueda escapar el aire caliente (McIlveen, 1986; Anderson et al, 1987). Por lo tanto, el proceso que hace que un invernadero se caliente es diferente y el nombre engaña. El interior de un invernadero se mantiene tibio porque el vidrio inhibe la pérdida de calor por convección hacia el aire exterior, en resumen, no deja salir el aire caliente. En cambio el fenómeno atmosférico se basa en un proceso distinto al de un invernadero donde un gas absorbe el calor por su estructura molecular. En todo caso el término se ha popularizado tanto, que ya no hay forma de establecer un nombre más preciso.

En todo caso, el efecto invernadero es el motivo del calentamiento global y el cambio climático, es el aumento de los gases invernadero lo que aumenta la absorción de calor y a su vez genera los cambios. El aumento de los gases es resultado del uso y abuso de los recursos naturales, sea a través de quema ineficiente de combustibles fósiles, a través de la tala y destrucción de los bosques y ambientes naturales o la destrucción de ecosistemas marinos y acuáticos a través de la contaminación irracional e irresponsable.


Interpretación artística de la superficie de Venus
Se postula que en Venus, el volcanismo elevó las temperaturas hasta el punto que no se pudieron formar los océanos, y el vapor resultante produjo un Efecto Invernadero, exacerbado más aún por la liberación de dióxido de carbono en rocas carbonatadas (una retroalimentación positiva sin fin – runaway feedback loop), terminando en temperaturas superficiales de más de 400°C (Anderson et al, 1987). Es un buen ejemplo (aunque un poco extremo) de lo que pasa cuando se llena una atmósfera de gases de efecto invernadero y es lo que debemos evitar a toda costa.


Fuente: